El Señorío de Villafranca

Al sur de Ávila, donde termina la meseta castellana y comienzan las montañas del sistema central, se encuentra la Sierra de Villafranca, cuna del río Corneja, del que ya he hablado en otras ocasiones. En la cara norte de esta sierra nos encontramos con el Señorío del mismo nombre, originado durante la repoblación cristiana de esta zona, allá por el siglo XII.

Villafranca de la Sierra es la cabeza del Señorío, aunque solo cuente con poco más de 100 habitantes, una ínfima porción de los que tuvo en el pasado. Llego a ella después de atravesar un paisaje de huertas plagadas de varas de bardal por las que treparán los tallos de las judías que por aquí abundan y tanta fama tienen.

Villafranca tras las varas

Tal y como me ha ocurrido ya en otras tantas ocasiones visitando la España rural, será un vecino con ganas de echar un parlao quien me indique la existencia de una plaza de toros en lo alto del pueblo y hacia allí me encamino.

No es la más antigua de España, como me ha indicado el orgulloso vecino, pero si es de las más ancianas. De hecho ya falleció hace tiempo y ahora solo se pueden contemplar ruinas. A bastonazos me abro paso entre los zarzales, accedo a su graderío de granito y me siento a contemplar el albero, y a imaginar lo que pudo ser este espacio allá por el siglo XIX, cuándo la bonanza económica en esta villa permitía celebrar festejos en este lugar. Parece ser que los sillares de granito con que se construyó el coso procedían de las ruinas del castillo que en el mismo sitio se levantaba desde el siglo XII.

Tras dar la vuelta al ruedo y salir por la puerta grande, me entretengo un rato disfrutando las vistas del entorno y del pueblo desde arriba, una de las muchas raras aficiones que tengo. Observar el paisaje donde se sitúa el caserío,  la trama de huertas, tejados, calles y callejas con sus edificios singulares, las plazas … todo lo que me permite crear un mapa de la localidad en mi cabeza. La imagen que ofrece Google Earth pero en vivo y en directo.  

El pueblo es de granito, como corresponde al lugar en que se encuentra. La mayor parte de su caserío ha sido reemplazado por edificaciones nuevas, pero todavía sobrevive alguna casona de calidad, construcciones rurales con grandes sillares y dinteles labrados con escudos nobiliarios, y la iglesia que como siempre es la edificación principal que pervive en el tiempo.

Dicen que muchas de las piedras con que se construyó el pueblo proceden de las ruinas de la fortaleza original, incluyendo las columnas de los soportales de la plaza mayor. Mucho dieron de sí las ruinas del castillo.

La plaza mayor, alargada e inclinada, con sus soportales en un lateral, y con una buena fuente en su parte superior es el espacio más importante del pueblo, pues allí es donde se reúne la gente a conversar y pasar el rato. Me refiero a gente de cierta edad, que es la que abunda por aquí, ajena a las redes sociales.

Allí, sentado en el borde de una acera, han colocado un pequeño muñeco que representa a un personaje de gran sonrisa con un microscopio y una leyenda que reza: «la célula: membrana, citoplasma, núcleo, orgánulos». ¿Algún homenaje a la ciencia o a un maestro?. Lo ignoro, pero en cualquier caso resulta divertido y estimulante ver que hay quien no fija su atención en políticos, famosillos o futbolistas.

homenaje a la célula

A 3 km. de Villafranca, por la carretera que conduce al puerto de Chía, se encuentra la pequeña localidad de Navacepedilla de Corneja. Antes de llegar allí, una parada para visitar el Molino del tío Alberto, restaurado recientemente para enseñar a sus visitantes lo trabajoso que resultaba no hace demasiado tiempo fabricar unos sencillos kilos de harina. El guía, además de explicarte didácticamente todos los ingenios que componen la fábrica, desde la captación de agua hasta la mecánica de las muelas o la turbina generadora de electricidad, también comenta la cantidad (no recuerdo ahora la cifra) de molinos que existían en el corto tramo de río que transcurre desde su nacimiento, aquí cerca, hasta tierras de Bonilla, no mucho más abajo. Parece mentira que tan modesto río, cuyo cauce he observado muchas veces seco, fuese capaz de albergar tanta industria. Ahora por supuesto ya no queda ningún otro en pie.

el molino del tío Alberto

De Navacepedilla, la primera noticia que tuve fue por medio de un paisaje que realizó el pintor Benjamín Palencia, asiduo visitante de estas tierras donde pasaba los veranos. Estas sierras del sistema central, desde aquí hasta Candelario, con poblaciones localizadas a cierta altitud (varias de ellas entre las más elevadas de España, a más de 1.600 m.) y con un clima fresco en verano, fueron durante la primera mitad del siglo XX escogidas como lugar de veraneo por muchos artistas y familias pudientes que escapaban del sofoco estival de las capitales.

Hoy en día poca gente se acerca hasta aquí. Solamente los oriundos del lugar que regresan por vacaciones y en invierno seguramente ni ellos. A pesar del ambiente de paz y silencio que se respira, el pueblo está vivo. Sus casas perfectamente conservadas y el cuidado empedrado de sus calles así lo indican, y pasear por sus tranquilas calles se convierte en un agradable ejercicio.

Navacepedilla de Corneja

Ya solamente queda ascender unos pocos kilómetros por la carretera que conduce al puerto de Chía, para desde allí poder descansar la vista observando el paisaje que ofrece este valle del río Corneja.