Los montes Torozos

El paisaje de Los Montes Torozos puede parecer un tanto desolado y desértico. Ondulaciones sin apenas arbolado que casi durante todo el año presentan un color entre pardo y amarillento.

Àrboles solitarios en extensos sembrados y palomares en ruinas. Esa es la imagen que me queda de esta campiña. Sin embargo, aquí sobreviven unas cuantas villas históricas, murallas y castillos, monasterios o iglesias antiquísimas y un patrimonio que merece más de una visita. En esta ocasión recorreré la zona sur, empezando en Castromonte, el centro de la comarca.

Castromonte.

El Monasterio de la Santa Espina, edificado en la vega del Río Bajoz por los monjes cistercienses hace casi diez siglos, se encuentra perfectamente conservado. Y es que todavía se usa, aunque no para la vida retirada y contemplativa. Actualmente alberga una  escuela de capacitación agraria, y por ello sus puertas permanecen abiertas y sus espacios cuidadosamente conservados. Dos aspectos pueden llamar la atención: la muralla que protege el recinto y la enorme colección de insectos que alberga. En el jardín , un monolito conmemora el encuentro que aquí llevó a Felipe II a conocer a su hermanastro «Jeromín», después llamado D.Juan de Austria, cuya corta vida fue más propia de novelas caballerescas que de la real historia.

En este paisaje de llanura suavemente ondulada, cualquier cerro o loma de escasa elevación es suficiente para colocar un castillo en su cima.  La comarca está llena de ellos. Y los que habrán desaparecido, pues era ésta una zona fronteriza entre los reinos de León y Castilla, y había que vigilar y protegerse permanentemente del vecino enemigo. Urueña es de las pocas villas que conserva casi íntegra su muralla, y parte de su castillo.

La villa amurallada de Urueña

En una página web se puede leer: «Urueña, la única villa de España que cuenta con más librerías que bares». Mala publicidad en este país dónde de sobra es conocida la preferencia hacia la barra de bar antes que a la lectura. Sin nombrarla, a modo de piropo, de una una ciudad española se decía «… entre antiguas y modernas, cuarenta tabernas, y sólo dos librerías»

Villa del Libro

Quizás por esa osadía y atrevimiento a Urueña la han nombrado «Villa del Libro» y es la única en España que ostenta este título y la incluye en la red mundial de ciudades así declaradas. Por sus calles encontrarás unos cuantos establecimientos dedicados de una u otra manera a la actividad comercial y artesanal de libros, especialmente de los más raros o descatalogados. Todo un logro en una localidad de menos de 200 habitantes.

Pero tiene mucho más. Población declarada conjunto histórico-artístico cuenta con un casco urbano cuidadosamente conservado que te transportará, a poco que dejes volar tu imaginación, a un pasado medieval. Pasear por sus calles es un placer que lleva poco tiempo, debido a sus pequeño tamaño.

También se puede pasear por el adarve de los lienzos sur y oeste de la muralla. Un fantástico mirador de la inmensa llanura que es la comarca de Tierra de Campos que se extiende al noroeste de la villa. Además permite contemplar el caserío interior desde arriba, en una sucesión de tejados entre los que sobresale la iglesia.

Fuera del recinto amurallado, como a un kilómetro de distancia en dirección sur, la Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciada, de estilo románico, aunque con añadidos y restauraciones, dispone de una decoración lombarda que se asocia estilísticamente a los orígenes del románico y que es única en Castilla y León.

No mucho más grande  que Urueña parece Tiedra, a poco más de 10 km. de distancia hacia el suroeste. Aquí no hay murallas, seguramente las hubo, pero si un hermoso castillo recién arreglado visible desde la lejanía. He leído que se han gastado mucho dinero en restaurarlo, y deben haberse quedado sin un euro para mantenerlo abierto, pues al llegar al portón de acceso me lo encuentro cerrado. Si no abren hoy, que es un precioso domingo soleado de otoño no sé cuando pensarán que va a venir alguien a visitarlo.  Así pues, me conformo con rodearlo y admirar los infinitos campos despejados que se observan desde su posición, con algún que otro árbol salpicando el paisaje.

Existe en Tiedra una iglesia, la de San Pedro, que es una maravilla en cuanto a ruinas bien conservadas. Como en toda ruina que se precie, las cubiertas han desaparecido, dejando las naves expuestas al sol y la lluvia. Entre los hierbajos que cubren su suelo se esparcen lápidas con inscripciones, que parecen haber sido sacadas de una película de terror. Unos arcos rebajados realizados en precisa obra de cantería dan un aire gótico al conjunto, que en mi opinión es de los más bellos que he visitado, en cuanto a ruinas se refiere.

Y es que soy de los que prefiere visitar un conjunto ruinoso, pero auténtico, a un edificio mal restaurado, en donde piedras tan pulidas y maderas tan barnizadas que deslumbran, me recuerdan a un decorado de Hollywood. Mejor ver lo que queda en pie y dejarme llevar por la imaginación y por el conocimiento histórico de la obra que se contempla.

Y hablando de ruinas, que mejor sitio para visitar unas cuantas que Mota del Marqués. Cualquiera que haya viajado por la autopista A6 atravesando la provincia de Valladolid, lo  habrá visto junto a la carretera, pues destaca por tener unos llamativos restos de castillo e iglesia en lo alto de un cerro pelado.

Mota del Marqués

En la parte de abajo del pueblo  sobresale una imponente torre sobre el resto del caserío. Pertenece a la iglesia de San Martín, construida por Rodrigo Gil de Hontañón,  uno de los grandes arquitectos de por aquí, y el más afamado en aquella época dorada de nuestra historia que fue el siglo XVI.

Esta iglesia se encuentra en proceso de restauración, según rezan los carteles que hay en las vallas que impiden acercarse a ella. Desde allí emprendo la subida hasta el castillo, parando a mitad de cuesta pues el sol de mediodía atizando fuerte me obliga a caminar con la lengua fuera, y también por contemplar las ruinas de la iglesia de San Salvador. Sobresale entre los restos un grandioso arco de medio punto que parece milagroso que se mantenga en pie. Desde aquí se tiene una bella vista de la población y del palacio renacentista que pude ver al llegar, y que me llamó la atención por no estar arruinado.

Cojo fuerzas y emprendo el último tramo de subida hasta el castillo, del que realmente apenas queda un trozo de torreón, con una bóveda tan arruinada que da miedo mirar desde abajo, pues da la impresión de que se derrumbará en cualquier momento. Los carteles informativos culpan a los franceses durante la guerra de la independencia de tanto destrozo, como siempre. Y también como siempre las vistas desde arriba son fantásticas. Así que aprovecho para descansar por primera vez en toda la jornada y dejar la vista perdida en la llanura infinita.