Por el río Primout (3)

Primout es un pueblo con encanto. No ese encanto que se anuncia en los suplementos para viajeros de las revistas de moda o se publicita en las listas que periódicamente se elaboran sobre los 10 o 50 pueblos más bellos de España. Hablo de ese encanto y belleza que desprende lo auténtico y natural, sin imposturas, inmerso en un mágico entorno natural.

Aquí no hay casas rurales. O quizás sea mejor decir que aquí todas las casas son rurales. No hay tiendas ni negocios que quieran sobrevivir del turista, porque no hay turistas, ni negocios. Por haber no hay ni habitantes, en plural. Porque solo hay uno. El Lebrija, autoproclamado alcalde de la localidad, que te está esperando a la entrada del pueblo porque te ha sentido desde lejos y está deseando contarte alguna historia. O venderte papeletas para una rifa por San Miguel … eso he escuchado, aunque conmigo no lo intentó en ninguna de las ocasiones en que me crucé con él.

El precio que se paga por conservar esta magia y encanto es el aislamiento. Hace 50 años quedó definitivamente despoblado. Comenzó el lento e implacable camino hacia la desaparición de las huellas urbanas sobre el paisaje. Dos décadas después aparecieron los hippies e instalaron entre las ruinas una comuna donde poder desarrollar esa vida “alternativa” que ahora llevan en Matavenero, pueblo al que tuvieron que marcharse desde Primout, tras litigar y perder en los tribunales el derecho a ocupar las casas arruinadas y tierras abandonadas.

En palabras de uno de los nativos que marchó: “tuvieron que venir los ocupas para que nos diéramos cuenta de que teníamos que volver y cuidar nuestro pueblo”. Pocos son los que han regresado, y los que lo han hecho es para pasar el verano o para celebrar el Magosto. Pero vivir, lo que se dice vivir aquí, solo el Lebrija, que vino cuando los hippies y se quedó cuando ellos marcharon.

Molinos – había 4 en el pueblo – lechería, casa de luz (pequeña “central” eléctrica) o escuela con sus pobres encerados llenos de garabatos, siguen en pie, pero arruinados. Todos estos edificios eran comunes, o sea del pueblo, que se administraba por el régimen de Concejo Abierto. Sonaban las campanas, los vecinos se reunían junto a la iglesia y decidían la cuestión del día entre todos. El dinero no se veía por ningún lado pues sobrevivían con el trueque de patatas, maíz o huevos. Una vida que nos parece medieval en pleno siglo XX. 

dos molinos a las afueras del poblado

A propósito de la escuela, decir que aquí estuvo dando lecciones a los chavales el poeta asturiano Ángel González. Llegó para sustituir a la maestra que había enloquecido. También se había vuelto loco el último cura del lugar. Escucho con atención sus palabras grabadas en el documental que TVE realizó en su día, en donde habla de su regreso a Primout medio siglo después de su experiencia como maestro del pueblo. Habla del aislamiento que allá en los años 40 sufrían estas gentes, ni un indicio de progreso en la localidad, de la dureza del modo de vida, de su pobreza, del durísimo clima, los inviernos incomunicados… y sin embargo lo hace con nostalgia.

Ahora, algunas casas han sido restauradas, pero la mayoría siguen abandonadas, con sus cubiertas de losa de pizarra y sus armaduras de roble o castaño hundidas, con los mampuestos de los muros desparramados por el suelo y los huecos sin carpinterías que invitan a asomarse al interior e intentar descubrir algún resto de vida pasada. Un pueblo de piedra y madera en el que a pesar de su estado de abandono se aprecian casas de recia y correcta construcción.

El río cruza por medio del pueblo. Aguas arriba ya no encontraremos más rastros de asentamientos humanos. Solamente naturaleza en estado puro. Las laderas de la sierra de Gistredo y la cumbre del Catoute, el pico más alto de la comarca. Será más fácil localizar el rastro de un oso – solo el rastro, que al animal es difícil de avistar – que el de un humano.

No hay acceso pavimentado hasta aquí, pero hay dos pistas forestales, una desde Páramo de Sil y la otra desde la braña de Pardamaza, solo aconsejable para vehículos todoterreno, que conducen hasta aquí. Además existe un sendero que remonta el cauce del río Primout desde Pardamaza. Un bellísimo paseo de unos 14 km. entre musgos, álamos, abedules y el frescor de las aguas del Primout. Es una ruta clásica, muy apreciada por los andarines amantes de la naturaleza y sin duda la mejor opción para acercarse y disfrutar de la visita a esta localidad con magia que es Primout.